lunes, 12 de marzo de 2012

TRILLO EN PRIMERA PERSONA, por Luis Rosales

Este es un fragmento de una conversación entre Luis Rosales y Carlos Trillo, de la que sólo quedan los testimonios de Carlos. Lo más probable es que la charla haya tenido lugar a mediados de los ´80, probablemente antes de que saliera el primer número de Fierro.

En Satiricón, comencé como colaborador y luego fui convocado para ser el "coordinador creativo", adentro, a sueldo. En Mengano arranqué desde el Nº 1 como parte del consejo de dirección y luego, hasta el final, coma jefe de redacción. El trabajo en equipo, tal vez por mi formación en agencias de publicidad, donde toda la tarea creativa, se hace "de a dos" (un redactor y un director de arte), siempre me gustó. Con Alejandro Dolina primero, y después con Guillermo Saccomanno, ejercitamos con alguna frecuencia este tipo de tarea. No hay guión de cine ni nota difícil que se resista a dos tipos que tiran ideas incesantemente y enriquecen cada línea con gags y reflexiones. Tiene que haber, por supuesto, una afinidad ideológica que lo haga pasible, una frecuencia similar en el pensamiento, en las estructuras del relato, etc. Hay, sin embargo, tareas que deben llevarse a cabo en solitario, sobre todo cuando lo que se trata de exponer parte de propias vivencias, de fantasmas personales. Mengano fue clausurado en abril de 1976 porque el editor -Julio Korn- recibió de las autoridades militares la orden de discontinuar el producto, con la vaga acusación de pornografía y actitudes lesivas al ser nacional (sic).

Soy porteño, nací un 1º de mayo de 1943, fui al colegio primario de Laprida y Charcas, al secundario de Ecuador y Mansilla y casi me recibo de abogado, pero al final no me dieron las ganas. Falta de vocación que le dicen. Trabajo de redactor publicitario desde que era casi un chico. Pasé por agencias chicas y grandes y sigo viviendo de lo que me pagan por hacer campañas gráficas comerciales de televisión y esas cosas. Con las historietas empecé corno lector: Pato Donald, Patoruzito, Misterix, Rayo Rojo, que comprábamos e intercambiábamos con los pibes del barrio. Nunca me voy a olvidar el deslumbrón que me (nos) produjeron Hora Cero y Frontera, con sus dibujos espléndidos y sus temas queribles. Tenía algo más de 20 años y un programa radial en Radio Municipal cuando empecé a escarbar un poco en los vericuetos de la producción, con comentarios y reportajes, entre otros temas, a autores y editores de historietas, de literatura infantil, de ciencia ficción. Me hice colaborador de algunas revistas, allá, a comienzos del '60.
Escribí cuentos para Patoruzú Semanal, notas para revistas de actualidad, e historietas infantiles para Anteojito y Antifaz, con los personajes de Garcia Ferré. En 1972, abandoné por un rato la publicidad y me fui a trabajar a Satiricón, donde todos escribíamos a medias: Ulanovsky con Mactas, Guinzburg con Abrevaya, yo con Dolina, con quien ya habíamos hecho, en Siete Días, un cuentito semanal con las aventuras de Tony Avila, el detective poeta. En un suplemento de Satiricón, escribí la primera historieta (a medias con Dolina, siempre), parodia de una historia de amor, a la manera de las del Intervalo, con esa monserga que alude a sentimientos cursis, que terminaba, o se desbarataba, por culpa de una inoportuna flatulencia.
De Satiricón, partí a Mengano como jefe de redacción (1974-76). En 1975, Clarín buscaba una historieta para reemplazar al Capitán Ontiveros, y con Altuna presentamos El Loco Chávez. El mismo día escribí les primeras tiras de muestra para el diario y el primer guión de una serie que dibujó Alberto Breccia: Un tal Daneri.

Los militares cerraron Mengano, prohibieron la risa (y otras cosas más importantes), volví a trabajar en una agencia de publicidad, y me contacté con Ediciones Record, donde el primer guión que me compraron fue (además, casualmente) el primero que dibujó Juan Giménez. Desde fines del '76 en Record escribí muchas cosas, siempre siguiendo el lamentable rito de ceder al editor todo derecho sobre la obra para poder trabajar. Entre las series están Alvar Mayor (77/82), mas de 50 capítulos. De El Peregrino de las Estrellas (78/79), 12 episodios). El Pequeño Rey (1979), El viajero de gris (1979), dibujadas por Enrique Breccia, Ernesto García y Alberto Breccia. Entre 1998 y 1982, con Guillermo Saccomanno escribimos, en colaboración, El Club de la Historieta de la revista Skorpio, y entre el ‘78 y el ‘80, la Historia de la Historieta de Tit Bits, cuyo material servia de base para el libro Historia de la Historieta Argentina (1980) publicado también por Record. También se utilizaron para este libro tramos de un extensísimo reportaje a Héctor G. Oesterheld, realizado en 1975 y fragmentos de la investigación que en 1969 realicé para los libros El Humor Gráfico, El Humor Escrito y Las Historietas, publicados por el Centro Editor de América Latina en su colección Historia Popular (en colaboración con Alberto Broccoli). En 1979, el lanzamiento de la revista El Péndulo (donde el material se compraba por una sola publicación y los derechos volvían a sus autores para la comercialización posterior), nos permitió, con Altuna, iniciar la concreción de una serie de trabajos, el primero de los cuales fue Las Puertitas del Señor López que, a la desaparición de Péndulo pasó a las páginas quincenales de la revista Hum® y que hicimos durante cuarenta entregas de 5 páginas cada una.
La cronología no es fácil, la memoria es esquiva, pero la posibilidad de ser dueños de nuestro trabajo creo que nos incentivó, y ya en 1980, en SuperHum®, hicimos Charlie Moon, e inmediatamente Merdicheski, mientras con Mandrafina iniciábamos una colaboración en historias unitarias con ingredientes fantásticos para seguir con Los Misterios de Ulises Boedo y con las historietas mudas. SuperHum® fue, para nosotros, una verdadera apertura a nuevas temáticas, muy cristalizadas en fórmulas maniqueístas y contenidos moralizantes, al tiempo que significó un campo importante para la reflexión y la crítica.
Desde 1982, trabajé poco para el mercado argentino. Escribí Husmeante (dibujos de Mandrafina) para la revista Don, cuyos últimos capítulos se produjeron, al desaparecer esa publicación, directamente para El Eternauta de Italia y para Tiras de Cuero, donde quedó inconclusa una historieta que dibujaba Saborido y que se titulaba Perdiendo el Tiempo. Con Altuna, en España, seguimos trabajando juntos y haciendo un trabajo de equipo que los mecanismos de producción suelen coartar en este mercado. Escribí los guiones de El Ultimo Recreo (L'Eternauta, Fantastik de Francia) y Tragaperras (revista 1984 de España), episodios unitarios. Ese fue el principio de mi historia en el apasionante mundo de los comics.

El Loco Chávez está planteado como un personaje urbano, de Buenos Aires y trata de desarrollar sus "aventuras” en el ámbito laboral de la redacción de un diario, y en el de los intereses y afectos de un tipo de esta ciudad. La serie de TV, además de soportar grandes dificultades de producción, fue discontinuada por orden del Comfer (orden verbal, no escrita), que adujo que el personaje era un mal argentino, porque no le hacía caso al jefe y le gustaban las mujeres. Esto fue en 1978, cuando la moralina en los medios estaba en su apogeo, como parte insignificante de un proyecto siniestro.
En 1980, yo estaba en Buenos Aires y me enteré que me habían otorgado el premio Yellow Kid por un telegrama, ampliado, días después, por una carta del editor italiano Alvaro Zerboni que lo había recibido en mi nombre. Desconozco los mecanismos íntimos de la entrega de ese premio. Funciona un jurado internacional donde hay italianos, argentinos, franceses, ingleses, yanquis y españoles, que se pasa varios días analizando las propuestas de sus integrantes. Para un autor, los salones abren siempre la posiblidad de conectarse con sus pares y con un público muy amplio que se acerca a comentar, a criticar, a tratar de entender desde la lectura de los trabajos los mecanismos de la producción de las historietas. De Lucca, donde estuve en el ‘80 y en el ’82, recuerdo el interés que despertaban algunos de los eventos teóricos y de divulgación. De Barcelona, donde estuve en el ‘83, me sorprendió la edad promedio de los lectores; el más viejo debía tener 20 años.

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